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domingo, 7 de octubre de 2007

Una boda curiosa,

Realizan boda en un barril de sidra

ESPAÑA(EL PAÍS)
Cada vez más, los novios españoles buscan la originalidad a la hora de contraer matrimonio. Bodas medievales, a lo hippy en Ibiza o por el rito balinés. Ayer, dos jóvenes de la localidad asturiana de Villaviciosa contrajeron matrimonio dentro de un tonel de sidra. Los novios, los padrinos y el oficiante se metieron en una cuba con capacidad para albergar 20.000 litros y allí se dijeron el "sí quiero".Los novios, los padrinos y el oficiante se metieron en una cuba de 20.000 litros, en Villaviciosa.Las decenas de invitados a la ceremonia tuvieron que seguir al enlace a través de una gran pantalla instalada fuera del tonel. Los poco más de tres metros de diámetro del interior de esta cuba de madera de castaño, especialmente lustrado para la ocasión, sirvieron de escenario para que Guti, un conocido chigrero (palabra en asturiano referida al que sirve sidra) de Villaviciosa, y su novia Nita se dieran el "sí quiero".La pareja tuvo que acceder al interior del tonel a través de una pequeña portilla de unos 30 centímetros de diámetro, lo que creó algunas dificultades a la novia, obstaculizada por la cola del vestido.Tras la ceremonia, la pareja tampoco fue recibida con la tradicional lluvia de arroz, sino por otra de corchos de botellas de sidra, bebida que sirvió también para el primer brindis, mientras sonaban los sonidos de las gaitas de la banda de Villaviciosa.

sábado, 1 de septiembre de 2007

LA ÚLTIMA PINCELADA

En un lejano país, un joven artista soñaba con encontrar y pintar “lo más bello del mundo”. Era una ilusión que le inquietaba el alma.
Un día, al amanecer, se puso en camino... Se fue muy lejos, atravesando sitios de ensueño.
En cada lugar, buscó a los sabios y les hizo la misma pregunta: -¿Qué es lo más bello del mundo para que yo lo pinte? Pero ninguna respuesta lo satisfacía.
Un buen día se topó con un vagabundo y lo interrogó:
-“Amigo ¿Qué es lo más bello que existe?”
-“El amor”. Contestó melancólicamente el mendigo.
Más adelante, encontró a un soldado: -“La paz”. Afirmó el militar.
Una ancianita le respondió con una sonrisa: - “La fe, hijo”.
Entonces, como quien cae en cuenta…, en el alma de nuestro artista brilló de nuevo una ilusión, al tiempo que conjugaba las tres palabras: amor, paz y fe.
Inmediatamente emprendió el camino de regreso a su hogar... Al abrir la puerta de su casa y recibir el beso de bienvenida de su esposa, su corazón sintió renovado todo el amor que los había unido en matrimonio para toda la vida… Además, no sabía que había quedado embarazada, y no pudo contener un abrazo para el pequeñín que jugaba en la alfombra, y que lo miraba con rostro alegre e inocente…
Luego, al pasear la mirada por el modesto entorno, percibió que en ningún otro lugar del mundo había sentido aquella paz…, y no pudo menos que arrodillarse en una plegaria de gratitud y fe…
Esa misma noche decidió pintar, sintiéndose inspirado como nunca… Al cabo de un tiempo de mucho trabajo, pudo dar “la última pincelada” a un gran lienzo, donde se plasmaba una maravillosa obra de arte a la que llamó: Mi Hogar... En ella estaba representada su familia…, porque fue en su misma casa donde encontró “lo más bello del mundo”…

Bas. J.Otaolaurruchi

miércoles, 8 de agosto de 2007

LUIS Y MARGARITA

A través de la historia, salvando modas, costumbres, circunstancias…, el ser humano ha sido esencialmente el mismo, por eso resulta interesante conocer la vida de quienes decidieron realizar su vocación al matrimonio con sentido trascendente, superando las dificultades con la gracia de Dios, y asumiendo la felicidad como “actitud” interna independientemente de las circunstancias exteriores…, como una disposición a la alegría, al optimismo y a la esperanza.

Se llamaba Luis como su padre, eran franceses, su madre, Blanca, natural de nuestras queridas tierras castellanas. La crónica ha recogido una frase que define la estructura moral sobre la que se cimentó la formación de nuestro protagonista, su madre le repetía: -“Hijo, te quiero como la madre más amante puede querer a su hijo, pero preferiría verte caer muerto a mis pies antes que saber que has cometido un solo pecado mortal”, palabras enmarcadas dentro de una educación centrada en el conocimiento y encuentro personal con Jesucristo, en el amor a Dios y al prójimo…, a través del estudio y la practica del Evangelio, de la oración y de los sacramentos…, de la practica de la caridad, asumiendo la vida como un maravilloso don y a la vez como una prueba, cuya superación alcanza el bien supremo, la felicidad eterna.

Luis era de buena presencia, militar hábil y valiente, estadista, se destacó por su justicia y bondad, especialmente con los más débiles y necesitados. Le tocó vivir una época convulsa (¿cuál no?); afrontó la adversidad con visión sobrenatural. Siendo el hijo mayor, muy joven tuvo que asumir responsabilidades, y supo honrarlas. Era alegre y sabía disfrutar los momentos de esparcimiento sanamente. A pesar de celebrar fiestas magnificas, no consintió las diversiones inmorales. Tampoco toleraba la obscenidad, ni la mundanidad exagerada.

Una anécdota, estando Luis con unos amigos, le preguntó al más cercano (Joinville): “¿Qué cosa es Dios?”, este le contestó: “Una cosa tan buena, que nada puede ser mejor que El”. “Bien dicho “, respondió Luis. “Pero dime: ¿preferirías contraer la lepra antes que ofenderlo, antes que cometer un pecado mortal?” (la lepra era una de las enfermedad más temidas). Y Joinville, muy sincero replicó: “Preferiría cometer treinta pecados mortales antes que contraer la lepra”, los presentes se sonrieron divertidos. Luis permaneció serio, y más tarde, en privado, le explicó que si bien su respuesta había sido sincera, estaba equivocada, y conversaron largo rato sobre los “novísimos” (cada una de las cuatro últimas situaciones del ser humano: muerte, juicio, infierno y gloria), todo un ejemplo de apostolado personal. También sabía proclamar sus principios públicamente, aún en situaciones adversas. Más tarde en su vida, estando preso en territorio enemigo (musulmán), no dejó sus prácticas piadosas, y ante las burlas insultantes de los guardias, respondía con tanta dignidad, que aquellos terminaron por dejarle en paz.

Llegó el momento en la vida del hombre, en que sintió con fuerza su vocación al matrimonio. Le habían hablado maravillas de una chica llamada Margarita, a quien el poeta Mistral llamó “sol de Provenza”. Por sus innumerables obligaciones, la distancia geográfica y costumbre de la época, Luis le pide a su madre Blanca que vaya a conocerla y le de su opinión, que resulta favorable.


Los jóvenes tenían referencias uno del otro, las mismas que despertaron, primero interés, luego ilusión, y al conocerse en persona, amor. Concretado el noviazgo, ambos decidieron guardar su virginidad hasta el matrimonio…, educados en el “autodominio”, sublimaron sus instintos para elevarse al modelo y dignidad de persona humana contemplado por el Creador… La gallardía, el valor, la amabilidad, el buen humor…, todo en Luis podía servir para seducir a las mujeres, pero sólo Margarita contó en su corazón y en sus brazos… Asimismo ella brillaba por su belleza, gracia, educación, alegría… pero su corazón pasó a pertenecer sólo a Luis.

Un 27 de Mayo se casaron, la alianza nupcial, como juramento de fidelidad llevaba escrito: “Fuera de esta alianza ¿podemos hallar amor?”.

Luis y Margarita de novios, mientras buscaban textos para su boda, leyeron en la Biblia la historia de Tobias y Sara (Tob. 8,4), impresionados por el mismo, conversaron al respecto y se dijeron: “si vamos a estar juntos toda la vida, por qué no iniciar nuestra convivencia siguiendo este ejemplo”, y así lo hicieron.

Vale acotar que para quien no tiene fe o sensibilidad espiritual, resulta incomprensible, imitar lo que se narra en el Libro Sagrado, pero para quien ama en Dios, los gestos heroicos se vuelven cotidianos. Luis y Margarita pasaron las primeras tres noches de su “luna de miel” en oración, en confidencias románticas, en expansiones de sus sentimientos, en compartir sus sueños de enamorados, en el diálogo… Este amor, buscó profundizar los sentimientos del corazón, antes de proceder a la consumación física del mismo… Luego, ya siendo un solo corazón, fueron un solo cuerpo…

La noche de bodas, en la que se aúnan el misterio y la pasión, las emociones más fuertes y las exaltaciones más embriagadoras, es la noche más personal de los esposos, única e inefable. El eterno Adán y la eterna Eva, presentes en los esposos, vuelven a conocerse y a atraerse, a buscarse y a encontrarse, a completarse y a superarse, a necesitarse y a fundirse en plenitud.

Comentario aparte, lamentablemente, ¡cuántas brutalidades y cuántas torpezas se comente en el primer encuentro intimo entre un hombre y una mujer… Para muchas parejas, comienza el principio del fin… Todo sucede, generalmente, por precipitación, falta de comunicación, de delicadeza, de psicología elemental. Marginando y contrariando las leyes de la fisiología y de la psicología, quieren ser un solo cuerpo antes de ser un solo corazón, y sólo logran frustraciones y rechazos.

El amor de Luis y Margarita, fue ternura y pasión, despliegue de sentimientos y entrega confiada, sin celos ni recelos, una fuente de felicidad. Llegó a ser grande, fiel y fecundo…, coronado por varios hijos…

Ese autodominio inicial de la pareja no fue el único, se expresó en diferentes circunstancias, por ejemplo: Por su estampa y elevada posición social, no le faltaron a Luis avances femeninos, ni a Margarita, masculinos, pero los rechazaron de plano.

Asimismo, durante el tiempo de Adviento y de Cuaresma, tenían la delicadeza de ofrecer a Dios la ausencia de su legítima intimidad conyugal, como gesto de amor, penitencia y oración… En esos períodos de abstinencia, el deseo por su esposa excitaba las fibras psicosomáticas de Luis, podía ceder legítimamente a sus impulsos, pero fiel a su alto ideal ascético, resistía, se levantaba de la cama y a pies descalzos paseaba por las ásperas baldosas del patio hasta que volvía a hallar la calma. A través del ejercicio de la moderación, se aseguraba un noble equilibrio vital...

No todo fue color de rosa. Antes de finalizar la larga luna de miel prevista, los amantes deben separarse, pues ocurre una situación bélica que Luis se ve obligado a enfrentar… Parece que la suegra, Doña Blanca, tuvo que ver algo en este regreso anticipado, pensando que la luna de miel ya iba muy larga para su gusto, movilizó sus influencias para que el hijo fuese llamado antes de tiempo, aún habiendo subalternos que hubieran podido solventar la situación… Amor de madre algo fuera de cause, bastante frecuente por lo demás…

A la temprana muerte del padre, Blanca, una gran mujer, había cuidado la educación de Luis y velado por sus intereses, madre e hijo se compenetraron mucho, ahora el hijo levantaba tienda aparte y esa separación causó arrestos de celo maternal… Ya Blanca no sería el único objeto del cariño y las atenciones de Luis. Compartir la felicidad y el amor del hijo debía haber sido la felicidad de la madre, y así fue más tarde, pero mientras, hubo que superar cierta rivalidad y tirantez inicial entre Blanca y Margarita.

Tenían una residencia amplia, en un ala habitaba la madre de Luis, y en la otra los esposos. Recién casados, los jóvenes enamorados no perdían ocasión de encontrarse íntimamente, aún durante el día. Al darse cuenta la suegra, pensó que ya era suficiente la noche para ello, y que tales manifestaciones de amor durante el día, restaban tiempo a las obligaciones de su hijo. Blanca los hostigaba, atravesándose en el camino de Luis cuando iba a buscar a Margarita, buscaba alguna excusa para desviarlo de su intención, asimismo con Margarita. Naturalmente, los cónyuges, gozando de sus plenos derechos, inventaron un sinnúmero de ardides para burlar la vigilancia de Blanca y encontrarse en cualquier oportunidad, como atestiguó el personal de servicio que se hizo cómplice de la pareja. La disposición del edificio ayudaba, el departamento donde regularmente estaba Margarita era en el piso bajo, y donde despachaba Luis, encima, ambos recintos unidos por una escalera de caracol. Cuando algún sirviente veía venir a Doña Blanca, avisaba para que a través de la discreta escalera, la suegra encontrara en el sitio que esperaba al hijo o a la nuera. Astucias de enamorados que todos hubiéramos aplaudido... Por todo ello el viejo dicho: “el casado, casa quiere”, por lo menos en los primeros tiempos de matrimonio.

Los esposos se querían y se respetaban entrañablemente; pero, no faltaron divergencias por sus temperamentos y gustos personales.

Luis era serio pero con buen sentido del humor, reservado, sobrio, muy trabajador y comprometido con muchas causas, sentía que sus responsabilidades venían de Dios y debía honrarlas para dejar un mundo mejor, hombre de oración y de acción. Margarita era más lírica, expansiva, desinhibida, le gustaban las fiestas y diversiones, el deporte (la equitación, cetrería…), la elegancia (ropa, joyas, perfumes…), y una brillante vida social.

Como marido amante e inteligente, Luis buscaba complacer a su esposa, si bien él prefería vestirse sencillamente, permitía que su esposa incursionara en su vestuario, pues Margarita se sentía mortificada por el contraste de sus lujosos trajes y los sencillos de él… Ese distinto enfoque, produjo discusiones conyugales, como ésta:
-Margarita, ¿te gustaría que me vistiera más lujosamente?
-Si, y hasta te lo pido.
-Acepto para complacerte, porque el matrimonio obliga al esposo a complacer a su esposa. Pero la ley es recíproca, por eso debes conformarte también con mi deseo.
-¿Cuál?
-Querida, que te vistas más modestamente.
Margarita, como es fácil imaginar, se hizo la sorda en esta oportunidad, y dejó en paz al marido…, hasta el próximo round…

Sólo después que Luis, años más tarde, regresó de la guerra donde vio grandes horrores, miseria y sufrimientos, se impuso evitar el lujo y vestir muy sobriamente, reservando los trajes de gala para ceremonias muy especiales, de todas formas, la sociedad distinguía su dignidad, no por la ropa, sino por su actitud y maneras.

Luis y Margarita se integraron armoniosamente como esposos y educadores de sus hijos, no fue fácil, pero el esfuerzo bien valió la pena. La madre les transmitía los primeros elementos de la fe y la oración. El padre les reservaba todos los días momentos de formación (sobre todo por la noche después de la jornada), y de esparcimiento (Luis gustaba mucho de pasear con sus hijos). La educación que Luis les brindaba, no consistía en clases ni sermones, era nutrida, espontánea y atrayente. En cierto sentido se hacía eco de la misma metodología de las parábolas, usada por Jesucristo. Empleaba el arte de conversar para relatar historias y anécdotas, donde destacaba las buenas obras para ser admiradas, y en cambio cuestionaba los malos actos. La oración familiar, diaria, era costumbre. El ejemplo fue fundamental para la educación de los hijos.

Con la muerte de Luis, acabó una convivencia matrimonial de 36 años, en los cuales vivieron alegrías y tristezas, disgustos y reconciliaciones, dolorosas separaciones y esperados retornos, enfermedades y satisfacciones… En fin, todo lo que acompaña a los esposos de todos los tiempos… Ah, por si no los habéis reconocido, la historia anterior fue la de Luis IX de Francia y Margarita de Provenza…

(Bas. en C. Miglioranza)

miércoles, 27 de junio de 2007

Recuerdos de boda

Carmen Díaz recuerda al sacerdote amigo de su novio que celebró su boda. Ángel Santos Ruiz y Carmen se casaron en 1941, celebró su boda el fundador del Opus Dei, sacerdote con el que tuvieron una larga amistad de la que recogemos unas pinceladas.22 de junio de 2007
Durante el mes de junio, aprovechando el buen tiempo, se celebran muchas bodas. Yo siempre que llega este mes me acuerdo de mi boda, aunque me casé en diciembre, en uno de esos días de frío y sol típicos de Madrid. Fue el 4 de diciembre de 1941: ¡ayer, como quien dice!¿Y por qué te acuerdas de tu boda en junio?, me preguntan mis nietos. Y les contesto que la razón es muy sencilla: el día 26 de este mes la Iglesia celebra la fiesta del santo que nos casó, san Josemaría. Cuando les cuento esto, con gran agradecimiento a Dios, me dicen: “¿Y qué recuerdas de aquel día?” Y les decepciono cuando les digo que… lo mismo que la mayoría de las novias: fue un día muy bonito y yo estaba muy contenta y muy pendiente de que todo saliera bien, y… nada más.“¿Y de san Josemaría qué recuerdas?” –insisten. –Pues no recuerdo nada –les digo- porque antes de casarme yo sólo sabía que era un sacerdote muy amigo de Ángel, mi novio, que me preguntó si quería que nos casara él. -Claro que sí, le dije.
Luego me enteré que Ángel –Ángel Santos Ruiz, mi marido, que ya ha fallecido- le había conocido en septiembre de 1935, en la Academia DYA, a su vuelta de Londres, donde había estado, pensionado, trabajando en el University College. Estuvo hablando durante mucho tiempo con el Padre que al final le confesó. Aquel primer encuentro le impresionó mucho. Luego se fue a estudiar a París y en febrero de 1936 volvió a Madrid, al ganar la plaza de Profesor Auxiliar de Bioquímica en la Facultad de Farmacia. A su vuelta siguió dirigiéndose espiritualmente con san Josemaría y participando de la labor apostólica hasta que en julio de 1937, durante la guerra, metieron a Ángel en la cárcel. Primero estuvo en la de Atocha, luego en la de Alcalá de Henares y por último en la de Porlier, donde le visitaba Isidoro Zorzano, uno de los primeros de la Obra, que como llevaba un brazalete de la Embajada argentina, se podía mover con más seguridad por Madrid. Ángel me contaba que Isidoro era la bondad personificada y que cuando le dejaron libre iba a su casa a visitarle para que él y su familia pudieran recibir la Comunión.Durante ese tiempo san Josemaría estaba muy preocupado por Ángel, y preguntaba mucho por él. Llegó a hacer gestiones para que le dejaran en libertad, y cuando acabó la guerra siguieron hablando, siempre de cuestiones espirituales. Ángel era huérfano de padre y tenía muchísima confianza con san Josemaría. Pero me contaba que en asuntos científicos y profesionales no intervenía nunca. Le decía que en esos campos obrara con total libertad, “dando a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”.
Tampoco intervenía en su vida sentimental. Sabía que Ángel tenía vocación de casado y le animó a buscar novia, pero por su cuenta: “porque yo no soy un cura casamentero”, le decía bromeando. Durante ese tiempo nos hicimos novios, Ángel sacó la cátedra y nos casamos en la Iglesia de San José de Madrid. San Josemaría sólo estuvo en la boda, que fue muy bonita y muy emocionante. Al final de la homilía nos dijo: “¡que Dios os bendiga con una corona de hijos!”. A partir de entonces comencé a conocerle más, porque desde que nos casamos hasta 1944 vino muchas veces a comer a casa. Era muy sobrenatural, muy simpático, muy cariñoso y muy, muy humano. Para mí no era “el fundador del Opus Dei”, porque entonces yo sabía muy poco de la Obra, sino un sacerdote amigo de mi marido, que estaba siempre pendiente de Dios y pendiente de todos los detalles.
Es curioso: hay una anécdota sin importancia que se me ha quedado grabada. Una vez que vino a comer a casa le hice un flan de postre y lo puse en el aparador, detrás de él. Comenzamos a charlar y yo comencé a preocuparme, porque iba viendo como, a medida que pasaba el tiempo, el flan se iba desmoronando y deshaciendo… El Padre, que estaba en todos los detalles, como digo, se dio cuenta enseguida y me preguntó qué pasaba. Cuando se lo dije se comenzó a reír y me comentó con aquella simpatía y aquella gracia que tenía que no me preocupase: ¡así sabría mejor y el postre estaría… “más fino”!
Nos quería mucho. Tuvo numerosas muestras de cariño con nosotros Cuando nació nuestra primera hija, Mamen, quedamos en que nos la bautizaría y Ángel fue a buscarle a Diego de León; pero hubo un malentendido de horas y fechas y san Josemaría se había marchado ya. Don José María Hernández Garnica, que fue el que atendió a Ángel, al darse cuenta de la confusión, se quedó desolado. Con Eduardo, el segundo, hubo más suerte y lo bautizó san Josemaría en la Parroquia del Pilar. Recuerdo que le pidió al organista que dejase de tocar durante la ceremonia para que los asistentes pudiésemos seguir bien el ritual. Recuerdo estas pequeñas cosas, que parecen sin importancia, porque san Josemaría era “un hombre de detalles”. El cariño, enseñaba, se expresa fundamentalmente en los detalles. Nos hablaba de Dios con gran visión sobrenatural y un gran sentido práctico: “nunca estaba en las nubes –recordaba Ángel- sino en el Cielo”.
En 1947 me puse enferma y los médicos me recomendaron reposo absoluto. Fue una época difícil para todos, especialmente para Ángel, que tenía que cuidar de mí y de los niños pequeños, aunque gracias a Dios, mis padres nos ayudaban en todo. Estuvo hablando con el Padre y con don José Luis Múzquiz, con quien se dirigía espiritualmente, que le confortaron mucho en aquella situación. Un año después, en octubre de 1948, estuvo en unos Ejercicios Espirituales que predicó san Josemaría en Molinoviejo, y allí decidió entregarse a Dios en el Opus Dei. Fue uno de los primeros supernumerarios. Yo fui conociendo la Obra y tuve la alegría de pedir la admisión tiempo después.
En 1960 mi hija Mamen, estaba estudiando inglés en Rosecroft, en una Residencia de la Obra en Londres y el Padre tuvo un encuentro con un grupo de chicas que estaban allí. Mamen, por timidez, no se presentó, y cuando, después de irse de la Residencia, san Josemaría se enteró de que había estado allí, la llamó personalmente por teléfono para decirle: “Pero hija mía, ¡cómo no me has dicho nada, con lo que yo quiero a tus padres!”. Y así, durante toda la vida. Todos los años nos felicitaba por Navidad o en acontecimientos especiales: en la boda de un hijo –tuvimos cuatro-, cuando nació nuestro primer nieto, etc. Yo no volví a verle hasta Octubre de 1972, en la Universidad de Navarra. Había mucha gente, y me acerqué, venciendo mi timidez. Muy emocionada, le besé la mano. Le pregunté si me reconocía y si se acordaba de que fue él quien nos casó:-¡Pero cómo me voy a olvidar, hija mía! –me dijo con aquella simpatía desbordante que tenía-. ¡Si además, estás tan guapa como entonces… y mejor en otros aspectos! Y a pesar de que había mucha gente esperando para hablar con él tuvo el detalle, como de costumbre, de tener un ratito de conversación con nosotros.